I
"Es simple", me dijo, "muy simple". Me hablaba como si estuviera explicándome como bordar, mientras hacia algo que superaba eso por mucho.
El hombre flotaba. Adelante mio. Totalmente impune.
"Qué injusto!" Fue lo primero que pensé. Me sorprendí de que esa sea mi primer reacción, pero luego lo medité, y tenía sentido. Yo también quiero flotar!
Sus explicaciones variaban entre lo irrisorio y lo enervante. Cuando salia de su boca, una frase tan simple como "No es tan dificil como parece", parecía introducirse lento por mi garganta, me acuchillaba. El tan liviano y yo tan normal. Qué terrenal, vano, simple y sobre todo esclavo de la gravedad me sentía.
Lo invité a pasar a mi casa, más por etiqueta inculcada que por verdadera empatía. De cualquier manera, no todo era perdida. Cada segundo que lo tenía cerca era una chance más de descubrir donde radicaba esta habilidad tan particular. No había alas, no parecía haber viento ni las hojas revoloteaban a su alrededor mientras se movía.
"Me estás escuchando?" Me pareció oir entre el rompiente de olas que era mi mente. "Ahora si" le contesté. No siguió con el tema, de hecho, no siguió con ningún tema por un buen rato. Parece que además de flotabilidad, tenía tacto.
Se sacó su abrigo con cierto desden, mientras tanto, lo observaba esperando que haga algo extraño. Que en algún momento muestre esa hilacha humana que a este punto necesitaba encontrar. No me dio el gusto, por supuesto. Se dejó caer en una silla con un leve gesto de dolor. Me sentí inclinado a preguntarle si estaba bien por el mismo reflejo que me llevó a traerlo a mi casa. No lo hice.
II
Apuré mi café, y levante las tazas. La de el seguía llena, seguíamos sin hablar. Me preguntaba si lo había decepcionado. No puedo recordar como fue que comenzamos a hablar, ni que fue que nos llevo a una situación propensa a avistamientos de hombres flotantes. Parecía que mi vida se había vuelto opaca en cuanto este desconocido cambió mi paradigma de lo que es posible y lo que no.
"Soy humano, sabes?". Acepté con la cabeza, con cierto pesar. Respiré hondo. Me había acostumbrado a su precencia, maravilla del cerebro. Ayudaba tenerlo sentado, haciendo ruidos con la boca, y mirando mi casa con auténtica curiosidad. Era humano, sin dudas.
Ese día pasó sin más palabras. Había un entendimiento mutuo que se hacía más profundo sin la contaminación de la comunicación.